Reflexión del Evangelio Diario de 04 de julio del 2021.

“Todos honran a un profeta, menos los de su tierra”.

Mc. 6, 1-6

La humanidad de Jesús, más que su divinidad, fue la que más desconcertó de los primeros cristianos. ¿Cómo el Hijo de Dios puede tener una realidad humana, y aún más, pobre? Los dioses no son carpinteros, ni tampoco viven en medio de sus hermanos. Los prejuicios en torno a Jesús se hicieron sentir en su pueblo. Quienes lo conocían, dudaban de los conocimientos y las obras de Jesús. No tenían fe en él. A Jesús lo aceptaran en otras partes, en otros pueblos, y gente extraña. Su propio pueblo lo despreciará, no lo reconocerá como profeta ni como rey, y mucho menos como Hijo de Dios. El atrevimiento del carpintero acabará en la cruz. Nosotros,  acostumbrados a ver la divinidad de Jesús como algo “normal”, omitimos que, para llegar a esa convicción, los primeros cristianos pasaron difíciles momentos de prueba y reflexión. Hoy tenemos el deber urgente de rescatar la humanidad de Jesús, la que nos recuerda que el hijo de María no propuso una religión más perfecta, más buena, sino una humanidad más fraterna, más comprometida, más solidaria, más compasiva y misericordiosa.