Reflexión del Evangelio Diario 28 de febrero del 2021.

"Éste es mi Hijo amado".

Mc. 9, 2-10

El paisaje de la transfiguración presenta a Jesús como Hijo de Dios delante de sus discípulos. Los signos que lo acompañan: las vestiduras blancas, la presencia de los profetas Elías y Moisés, la nube, la voz de Dios, atestiguan que Jesús es el hijo amado del Padre. Más allá de la narración extraordinaria, que evoca descripciones maravillosas, está la instrucción que ellos reciben. ¡Escúchenlo! He aquí donde recae el mensaje central del Evangelio. Ya podemos ver obras portentosas, extraordinarias, y no escuchar a Dios. Los discípulos se han quedado maravillados pero corren el riesgo de no escuchar. Quieren quedarse cómodos, ya no bajar de la montaña, ya por fascinación o miedo. Éste es el riesgo del creyente. Quiere ver a Dios en obras grandiosas y se olvida que Dios está en los detalles de cada día. Jesús se transfigura en todo acto de amor. La labor del creyente es un escucharlo porque él reconoce al Padre. El discípulo es un hombre o una mujer de escucha y oración, lo que le maravilla de Dios es su amor.